Peinado masculino en la antigua Roma

Querencio acaba de perder a su mejor amigo. Con él no desaparece solo una persona querida: también se derrumba el futuro que ambos habían imaginado. De pronto, aquello que parecía sólido deja de sostenerle y surge la pregunta que ninguna distracción puede responder por él: ¿merece la pena seguir viviendo?, ¿tiene la vida algún valor cuando los proyectos se deshacen?

Su padre contempla la situación desde otro lugar. Está instalado en el orden social, conoce sus reglas y ha aprendido a desenvolverse dentro de ellas. Ante el dolor de su hijo, le propone una solución inmediata: salir, beber, bailar, divertirse. No es necesariamente una propuesta malintencionada. Quizá incluso crea que un poco de entretenimiento le ayudará. El problema aparece cuando la diversión deja de ser un descanso y pretende convertirse en respuesta.

Dos maneras de situarse ante la existencia

El conflicto entre Querencio y su padre no es simplemente generacional. Representa dos actitudes ante la vida. Una acepta las costumbres heredadas porque permiten desenvolverse sin demasiados sobresaltos. La otra pregunta si esas costumbres son verdaderas, justas o suficientes.

Querencio no quiere sufrir por gusto. Tampoco se complace en la melancolía. Lo que ocurre es más incómodo: ha descubierto que las respuestas recibidas ya no alcanzan. Cuando una experiencia extrema rompe la normalidad, muchas ideas que parecían firmes revelan su fragilidad. Entonces no basta con volver cuanto antes a la rutina. Es preciso averiguar si esa rutina descansaba sobre algo verdadero.

En la página dedicada a Querencio explico que su viaje físico es también un itinerario intelectual. El muchacho abandona su tierra porque no puede seguir viviendo como si la pregunta por el sentido fuera una extravagancia. Su padre, en cambio, preferiría devolverlo cuanto antes al cauce de una existencia previsible.

La diversión no es el problema

Sería demasiado sencillo concluir que bailar, beber o consultar el móvil son actividades superficiales por sí mismas. El descanso, la fiesta y la conversación ligera forman parte de una vida humana. Nadie puede permanecer siempre ante las cuestiones últimas sin acabar convertido en una estatua solemne y bastante insoportable.

La superficialidad comienza en otro punto: cuando utilizamos esas actividades para impedir que una pregunta llegue a formularse. No consiste tanto en lo que hacemos como en la función que le concedemos. Una película puede ser descanso o fuga; una conversación puede abrirnos a la realidad o servir para cubrirla de ruido; el teléfono puede comunicarnos con alguien o protegernos de cualquier instante de silencio.

El padre de Querencio no se equivoca porque proponga una fiesta. Se equivoca porque supone que la fiesta puede resolver lo que solo puede ser pensado, llorado y vivido. Confunde el alivio con la respuesta.

La evasión como respuesta contemporánea

Nos gusta identificarnos con el personaje que cuestiona las convenciones. En teoría, todos somos Querencio: independientes, críticos y poco dispuestos a aceptar ideas prefabricadas. Sin embargo, nuestra conducta cotidiana se parece con frecuencia a la de su padre.

Disponemos de una capacidad de distracción que ninguna época anterior conoció. Cada pausa puede llenarse con una pantalla; cada incomodidad, con una sucesión de imágenes; cada pregunta, con una opinión inmediata. No hace falta que nadie nos ordene dejar de pensar. Basta con ofrecernos algo nuevo cada pocos segundos.

Esto no demuestra que la tecnología sea enemiga del pensamiento. Demuestra algo menos espectacular y más comprometedor: la evasión se ha vuelto fácil. Y cuando algo es fácil, terminamos considerándolo natural. La cuestión no es cuánto tiempo pasamos ante una pantalla, sino qué preguntas estamos evitando mientras la miramos.

Profundidad no significa gravedad permanente

También existe una caricatura de la profundidad. Algunas personas confunden pensar con hablar de manera oscura, despreciar la alegría o adoptar una gravedad teatral. Pero una vida profunda puede ser alegre. De hecho, la alegría más firme suele nacer de una relación lúcida con la realidad, no de su negación.

Profundizar significa permitir que las cosas nos planteen sus verdaderas exigencias. La muerte de un amigo exige duelo; una injusticia exige juicio; una decisión importante exige razones. Tratar todas esas experiencias como pequeñas molestias que deben desaparecer cuanto antes es vivir en la superficie, aunque manejemos un vocabulario muy serio.

Por eso la pregunta por el nihilismo y el sentido de la vida no pertenece únicamente a los libros de filosofía. Aparece cuando el dolor pone en duda nuestras razones para seguir adelante, cuando el éxito deja de bastar o cuando advertimos que hemos organizado la existencia alrededor de ocupaciones que no sabemos justificar.

El valor de sostener la pregunta

No todas las preguntas reciben una respuesta inmediata. Sostenerlas no significa recrearse en la incertidumbre, sino negarse a aceptar un sucedáneo. Querencio inicia su camino porque prefiere una búsqueda difícil a una tranquilidad prestada. Esa decisión no garantiza que encuentre la verdad, pero al menos impide que confunda la ausencia de ruido con la paz.

La literatura puede representar esta búsqueda sin convertirla en una lección. Los personajes encarnan posibilidades humanas: vemos lo que sucede cuando alguien huye de una pregunta y cuando otro se deja transformar por ella. Esa es también una de las diferencias que analizo al comparar El mundo de Sofía y Querencio.

¿Con quién nos identificamos realmente?

La pregunta inicial vuelve ahora con una dificultad añadida. Es fácil sentir simpatía por Querencio mientras leemos su historia. Lo menos cómodo es reconocer las ocasiones en las que actuamos como su padre: cuando ofrecemos entretenimiento a quien necesita escucha, cuando convertimos el cansancio en una excusa para no pensar o cuando llamamos «normalidad» a una vida que nunca hemos examinado.

Quizá no seamos tan superficiales como tememos, pero tampoco tan profundos como nos gusta imaginar. La diferencia no la decide nuestro discurso, sino la disposición a permanecer ante una pregunta cuando ya no podemos resolverla con una distracción. Querencio comienza su viaje en ese instante. Nosotros decidimos cada día si emprendemos el nuestro o si preferimos subir un poco el volumen.

¿Somos tan superficiales?
Etiquetado en:

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.