Aquiles, gloria, destino y moralidad

Hay decisiones que parecen libres solo porque ignoramos sus consecuencias. Aquiles se encuentra en la situación contraria: conoce de antemano el precio de cada camino. Si abandona Troya y regresa a su patria, vivirá mucho tiempo, pero su nombre perderá la gloria. Si permanece en la guerra, morirá joven y será recordado. No escoge entre el bien y el mal, ni siquiera entre una opción prudente y otra insensata. Escoge entre dos pérdidas.

Esta alternativa, formulada en el canto IX de La Ilíada, ha convertido a Aquiles en algo más que un guerrero extraordinario. Su historia obliga a preguntar qué significa vivir cuando sabemos que vamos a morir, cuánto vale permanecer en la memoria de otros y hasta dónde somos responsables de una vida cuyo límite no hemos elegido. Para conocer al personaje, sus rasgos y su papel en la guerra de Troya puede leerse primero el artículo general sobre Aquiles en La Ilíada. Aquí interesa una cuestión más precisa: qué revelan su gloria, su destino y su violencia sobre la condición humana.

Aquiles y Áyax, armados, juegan durante una pausa de la guerra

Aquiles y Áyax jugando, ánfora ática de figuras negras firmada por Exequias, hacia 540–530 a. C. Fotografía CC0 conservada en Wikimedia Commons.

La elección de Aquiles: una vida larga o una gloria imperecedera

Cuando la embajada aquea intenta convencerlo de que vuelva al combate, Aquiles recuerda lo que le ha anunciado su madre, Tetis. Lo esperan dos destinos. El primero incluye el regreso a casa, el nóstos: una vida prolongada lejos de Troya, sin la fama que concede la epopeya. El segundo le cierra el regreso, pero le ofrece un kléos áphthiton, una gloria que no se marchita.

Traducir kléos simplemente como «fama» puede resultar engañoso. Pensamos enseguida en notoriedad, aplausos o visibilidad, palabras bastante fatigadas por nuestro tiempo. En el mundo épico, la gloria es la memoria pública de una vida transmitida mediante el relato. Aquiles sabe que morirá, pero también que el poema podrá decir su nombre cuando ya no esté. La paradoja es magnífica y terrible: para sobrevivir en la palabra tiene que renunciar a sobrevivir en su cuerpo.

Esta idea pertenece al nacimiento mismo de la literatura de la Antigüedad. La épica conserva lo que el tiempo destruye, aunque cobra un precio por esa conservación. El héroe recibe una forma de permanencia que solo puede disfrutar quien lo escucha, nunca quien la ha ganado. Aquiles alcanza la inmortalidad literaria precisamente porque acepta su mortalidad real.

Sin embargo, en el canto IX todavía no ha consumado esa elección. Está enfurecido con Agamenón, desconfía del código heroico que reparte honores de manera injusta y contempla seriamente el regreso. Esto importa porque impide leerlo como una máquina programada para buscar gloria. Aquiles puede discutir el sistema al que pertenece. Puede incluso retirarse de él. La tradición heroica lo forma, pero no habla por completo en su lugar.

¿Es libre Aquiles si su destino ya está escrito?

La palabra «destino» suele producir una imagen demasiado sencilla: una fuerza que mueve a los personajes como si fueran piezas de un tablero. Si todo está fijado, sus decisiones serían apenas una representación. Pero el destino de Aquiles se presenta en forma de alternativa. No decide si será mortal; decide qué hará dentro de esa mortalidad. No dispone de un poder absoluto sobre su vida, aunque tampoco queda reducido a la pasividad.

Esta es una experiencia menos extraña de lo que parece. Nadie elige nacer, envejecer, ser vulnerable o necesitar a otros. Tampoco elegimos buena parte de las circunstancias que delimitan nuestra historia. La libertad humana no comienza en un vacío sin condiciones. Comienza al responder a aquello que ya estaba ahí antes de nosotros.

Aquiles, por tanto, no es libre porque pueda evitar cualquier desenlace. Es libre porque reconoce posibilidades incompatibles y se compromete con una de ellas. Esa libertad es más sobria que la fantasía moderna de poder diseñarse sin límites. También es más exigente: si no controlamos todas las circunstancias, todavía debemos responder por lo que hacemos con ellas.

La dificultad moral aparece porque las opciones de Aquiles no son bienes aislados. Regresar significa conservar la vida, volver con Peleo y abandonar a los aqueos. Permanecer significa ayudar a sus compañeros, buscar honor y aceptar una muerte temprana. En cada alternativa se mezclan motivos nobles y motivos interesados. No hay una casilla limpia donde colocar la respuesta correcta.

Patroclo: cuando la gloria deja de ser abstracta

Aquiles no regresa al combate porque un razonamiento sobre la fama termine por convencerlo. Regresa después de la muerte de Patroclo. En el canto XVIII, Tetis le advierte de nuevo que la muerte de Héctor será seguida por la suya. Esta vez Aquiles acepta el vínculo entre ambas. Ya no habla de los dos destinos como posibilidades lejanas: decide vengar a la persona que amaba aun sabiendo qué consecuencia tendrá.

Aquiles venda el brazo herido de Patroclo

Aquiles cura a Patroclo, copa ática atribuida al Pintor de Sosias, hacia 500 a. C. Imagen de dominio público disponible en Wikimedia Commons.

Esto cambia el significado de su elección. La gloria sigue presente, pero ya no basta para explicarla. Aquiles vuelve movido por la amistad, la culpa, el dolor y la venganza. Patroclo había entrado en la batalla con las armas de Aquiles porque Aquiles permanecía retirado. Su muerte no es un accidente exterior a la ira del héroe; nace dentro de la cadena de decisiones que esa ira ha puesto en marcha.

La tragedia no consiste únicamente en que Aquiles vaya a morir. Consiste en que comprende demasiado tarde el alcance de su ausencia. Su extraordinaria fuerza no podía proteger a Patroclo mientras él se negaba a utilizarla. Y cuando decide volver, ya no puede reparar lo ocurrido. Puede matar a Héctor, pero no devolver la vida a su amigo. La acción más contundente resulta impotente ante aquello que de verdad quiere remediar.

Aquí aparece uno de los rasgos más hondos de La Ilíada: el poder humano es real y, al mismo tiempo, radicalmente limitado. Aquiles puede alterar el curso de la batalla. No puede deshacer una muerte. Puede obtener la victoria que deseaba y descubrir que la victoria no responde a su dolor.

La ira y el límite moral del héroe

La vuelta de Aquiles salva a los aqueos, pero no lo devuelve inmediatamente a la medida humana. Tras matar a Héctor, rechaza su petición de que entregue el cadáver y lo arrastra junto a las naves. El enemigo ya no puede combatir ni defenderse. El ultraje no cumple una función militar; prolonga la venganza más allá de la muerte.

Aquiles arrastra el cuerpo de Héctor tras el combate ante las murallas de Troya

Combate de Aquiles y Héctor y ultraje del cadáver, grabado de Giulio Bonasone, 1531–1576. Imagen CC0 de la colección abierta del Metropolitan Museum of Art.

Sería fácil resolver la escena diciendo que Aquiles actúa mal y que nosotros, varios siglos más civilizados según certifica nuestra propia opinión, podemos reprobarlo. Pero Homero hace algo más interesante. Muestra cómo un motivo comprensible puede convertirse en una acción desmedida. El dolor por Patroclo no es falso. La lealtad tampoco. El problema aparece cuando Aquiles permite que ambos justifiquen cualquier cosa.

La fuerza del héroe deja entonces de proteger un bien y se vuelve incapaz de reconocer un límite. Ese es el momento moral decisivo. No basta con preguntar qué siente Aquiles; hay que preguntar qué autoriza a hacer con lo que siente. La literatura abre así el territorio de los dilemas y conflictos morales: no porque todas las acciones sean ambiguas, sino porque permite ver cómo se enlazan motivos, decisiones y consecuencias.

Aquiles conoce además su propia mortalidad. Ha aceptado que morirá después de Héctor y, sin embargo, trata el cuerpo del adversario como si la muerte de los demás perteneciera a un orden distinto. Sabe intelectualmente que es mortal, pero todavía no ha reconocido del todo lo que comparte con el hombre al que ha vencido. Conocer un hecho y dejar que ese hecho transforme la mirada no son la misma cosa.

Príamo y la recuperación de la humanidad

El canto XXIV lleva la acción a una escena casi inmóvil. Príamo entra en la tienda de Aquiles para pedir el cuerpo de Héctor. No puede derrotarlo ni obligarlo. Solo puede recordarle a Peleo, el padre que espera un regreso que no sucederá. Ante el asesino de su hijo, Príamo evoca al padre del asesino.

Príamo se arrodilla ante Aquiles para pedirle el cuerpo de Héctor

Príamo suplica a Aquiles la devolución del cuerpo de Héctor, camafeo de Giuseppe Girometti, hacia 1815–1825. Imagen CC0 de la colección abierta del Metropolitan Museum of Art.

Entonces ambos lloran. Príamo llora a Héctor; Aquiles llora a Patroclo y a Peleo. No desaparecen la guerra, la responsabilidad ni el pasado. Tampoco se convierten de pronto en amigos. Lo que cambia es la forma en que Aquiles ve a quien tiene delante. Príamo deja de ser únicamente el padre del enemigo y aparece como un hombre atravesado por el mismo dolor que él.

Aquiles devuelve el cuerpo de Héctor y concede una tregua para los funerales. El gesto no borra la violencia anterior, pero introduce algo que la venganza no había conseguido: una medida. El héroe acepta que incluso el enemigo debe ser llorado y enterrado. Reconoce, por fin, que la mortalidad no distingue entre aqueos y troyanos.

Este encuentro es el verdadero contrapunto de la gloria. Aquiles quería sobrevivir en la memoria colectiva, pero recupera su humanidad cuando admite el derecho de otro a conservar la memoria de su hijo. La gloria separa al héroe de los demás; el duelo compartido vuelve a situarlo entre ellos.

Hay también una transformación literaria. Al comienzo del poema, la ira de Aquiles organiza la destrucción. Al final, su capacidad de compadecerse hace posible el funeral con el que concluye La Ilíada. La epopeya no termina narrando la muerte de Aquiles ni la caída de Troya. Termina con el entierro de Héctor. Después de tanta fuerza, Homero concede la última palabra al cuidado de un muerto.

Aquiles y la condición humana

¿Qué busca realmente Aquiles cuando busca gloria? Una respuesta posible es que intenta vencer a la muerte sin poder evitarla. Si su cuerpo debe desaparecer, al menos permanecerá su nombre. No se trata de una rareza reservada a los héroes antiguos. Cambian los medios, pero el deseo de dejar huella, de haber contado para alguien y de no disolverse por completo acompaña a muchas vidas corrientes.

La cuestión moral no consiste en condenar ese deseo. Querer que una vida tenga peso no es necesariamente vanidad. El problema es qué estamos dispuestos a sacrificar para obtener ese reconocimiento y qué clase de memoria merece ser conservada. Aquiles puede ser recordado por vencer a Héctor, pero el poema también lo recuerda devolviendo su cuerpo. Su grandeza literaria contiene ambas escenas y no permite separar cómodamente al héroe admirable del hombre terrible.

Por eso su historia no ofrece una moraleja sencilla. No dice que debamos escoger siempre una vida larga, ni que la gloria justifique una vida breve. Tampoco presenta el destino como excusa. Plantea algo más incómodo: vivimos dentro de límites que no elegimos, pero nuestras respuestas a esos límites van formando aquello que somos.

La pregunta por el sentido de la vida comienza a veces ahí, no en una teoría abstracta, sino ante la imposibilidad de conservar todos los bienes. Aquiles quiere honor, amistad, vida y permanencia. No puede poseerlos a la vez. Su tragedia muestra que elegir significa renunciar, y que ninguna gloria elimina del todo el dolor de aquello que se ha perdido.

Al principio, Aquiles conoce su muerte como una profecía. Ante Príamo empieza a conocerla de otro modo: en el rostro de un padre que ha perdido a su hijo y en el recuerdo del padre que pronto lo perderá a él. Quizá esa sea la transformación más profunda del poema. La conciencia de la muerte deja de alimentar únicamente el deseo de gloria y se convierte, durante unas horas, en capacidad de compasión.

Tres preguntas para seguir pensando

Si esta pregunta sigue abierta al cerrar el artículo, puedes continuar con Tres preguntas que la razón no puede esquivar, un miniensayo sobre Dios, el sufrimiento y la muerte. No ofrece una moraleja para Aquiles ni una respuesta rápida: prolonga, desde otro ángulo, la inquietud por lo que merece ser conservado cuando la vida no está bajo nuestro control.

Fuentes y lecturas

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