Literatura clásica

La Odisea de Homero:
resumen, personajes
y sentido del viaje de Ulises

Una guía para comprender el argumento y a sus protagonistas, pero también lo que significa regresar después de haber cambiado.

El regreso como problema

Viaje
Identidad
Regreso


Ulises alcanza Ítaca mucho antes de haber recuperado su lugar entre los suyos.

Hay regresos que se miden en kilómetros y regresos que exigen algo más difícil: volver a ocupar un lugar en la vida de los otros. Se puede alcanzar la puerta de casa y descubrir que el tiempo ha trabajado también allí, sin pedir permiso. Quien regresa ha cambiado. Quienes esperaban, si todavía esperan, tampoco son los mismos. Entonces comienza la parte del viaje para la que no sirve ningún mapa.

La Odisea de Homero cuenta el accidentado retorno de Ulises a Ítaca después de la guerra de Troya. Durante diez años atraviesa islas, naufragios, monstruos y tentaciones mientras su esposa Penélope contiene a los pretendientes que ocupan el palacio y su hijo Telémaco trata de averiguar si su padre continúa vivo. Este es el argumento esencial. Pero la obra perdura porque pregunta algo más: ¿cómo recupera un hombre su nombre, su casa y sus vínculos después de haber vivido demasiado tiempo como guerrero, náufrago, cautivo, mendigo y narrador de sí mismo?

Esta guía ofrece un resumen ordenado, presenta a los personajes principales y examina el sentido del viaje. Conviene advertirlo: contiene el desenlace de la obra. Resultaría extraño explicar un regreso ocultando si el viajero llega o no a casa.

Escenas sucesivas de las aventuras de Ulises en una pintura renacentista de formato panorámico

Apollonio di Giovanni, Las aventuras de Ulises, 1435–1445. La tabla reúne distintos episodios en un mismo paisaje, como si el viaje entero pudiera contemplarse de una vez. Imagen CC0 del Art Institute of Chicago, disponible en Wikimedia Commons.

La Odisea de un vistazo

PreguntaRespuesta breve
¿Quién compuso La Odisea?Se atribuye tradicionalmente a Homero y procede de una larga tradición de poesía oral.
¿Cuándo se compuso?Probablemente hacia finales del siglo VIII o comienzos del VII a. C., aunque la datación y la formación del texto siguen siendo objeto de estudio.
¿Cuántos cantos tiene?Veinticuatro.
¿Dónde comienza?En Ítaca, cuando Ulises lleva casi veinte años ausente: diez de guerra y casi diez de regreso.
¿Quiénes son sus protagonistas?Ulises, Penélope y Telémaco; Atenea impulsa el regreso y Poseidón lo dificulta.
¿Cuál es su tema principal?El nóstos: el regreso al hogar, entendido también como recuperación del nombre, del reino y de los vínculos.

Ulises y Odiseo: dos nombres para el mismo héroe

Ulises y Odiseo son el mismo personaje. Odiseo reproduce de manera más directa el nombre griego, Odysseús. Ulises procede de la forma latina, Ulixes o Ulysses, y se asentó durante siglos en la tradición castellana. No hay, por tanto, dos héroes ni dos versiones incompatibles. Hay dos caminos lingüísticos para llegar al mismo hombre.

En esta página utilizaré principalmente «Ulises», porque es la forma más reconocible para muchos lectores en castellano, y recurriré a «Odiseo» cuando convenga recordar la cercanía al texto griego o hablar del héroe homérico frente a sus adaptaciones posteriores.

La distinción verdaderamente importante no está entre los nombres, sino entre las imágenes del personaje. El Ulises popular suele quedar reducido a un aventurero ingenioso que vence monstruos. El Odiseo de Homero es más incómodo: sabe mentir, soporta, calcula, desea gloria, comete errores y puede ejercer una violencia extrema. Su inteligencia no lo convierte automáticamente en un hombre bueno. Lo convierte en alguien capaz de encontrar una salida cuando la fuerza no basta.

Qué es La Odisea y cómo se relaciona con La Ilíada

La Ilíada y La Odisea pertenecen al mundo de la guerra de Troya, pero no cuentan dos capítulos consecutivos como lo haría una novela moderna. La Ilíada se concentra en unas pocas semanas del último año de la guerra y organiza su acción alrededor de la ira de Aquiles, su gloria y su mortalidad. Ni siquiera narra la caída de Troya. La Odisea comienza cuando la ciudad ya ha sido destruida y los combatientes intentan volver a sus hogares.

El contraste entre ambos héroes ilumina las dos obras. Aquiles sabe que puede conservar la vida si renuncia a la gloria de Troya. Ulises, en cambio, ya posee fama guerrera y necesita sobrevivir a ella. Aquiles queda unido al kléos, la gloria que el poema transmite; Ulises debe conquistar el nóstos, el regreso. Uno se convierte en el gran nombre de la guerra. El otro necesita aprender a dejar la guerra atrás sin dejar de ser el hombre que estuvo en ella.

Decimos que Homero compuso los poemas porque así los ha recibido la tradición, pero conviene evitar la biografía imaginaria del genio sentado a escribir dos libros tal como hoy los encontramos. Las epopeyas homéricas nacen de una cultura oral y de generaciones de cantores que trabajaban con fórmulas, escenas y relatos heredados. «Homero» nombra al poeta de la tradición y también un problema histórico que no puede resolverse con una fecha de nacimiento y una fotografía, por razones bastante evidentes.

Resumen de La Odisea: el viaje de Ulises

Ítaca antes que el mar

El poema no empieza con la salida de Troya. Empieza con una ausencia. Ulises lleva casi veinte años lejos de Ítaca y en su palacio se han instalado numerosos pretendientes de Penélope. Consumen el ganado, celebran banquetes y presionan a la reina para que acepte un nuevo matrimonio. Dar por muerto a Ulises permitiría a uno de ellos ocupar su lugar político y familiar.

Penélope resiste mediante una estratagema famosa. Afirma que elegirá esposo cuando termine de tejer el sudario de Laertes, padre de Ulises. Trabaja de día y deshace de noche lo tejido. Su engaño aplaza la decisión durante años, hasta que una sirvienta lo revela. La astucia no pertenece únicamente al viajero: también gobierna la espera.

Telémaco, hijo de Ulises, ya no es un niño, pero todavía no puede ejercer plenamente la autoridad de su padre. Atenea lo impulsa a convocar una asamblea y a viajar en busca de noticias. Visita a Néstor en Pilos y a Menelao y Helena en Esparta. Estos primeros cuatro cantos, conocidos habitualmente como la Telemaquia, muestran que la vuelta del padre exige también el crecimiento del hijo.

Calipso, Nausícaa y el relato de los viajes

Ulises aparece directamente por primera vez en el canto V. Está retenido en la isla de Calipso, una diosa que lo desea y le ofrece permanecer con ella. Incluso la posibilidad de no envejecer palidece ante su deseo de regresar. Por orden de Zeus, transmitida por Hermes, Calipso permite que parta. Poseidón provoca un nuevo naufragio y el héroe llega exhausto al país de los feacios.

Allí lo encuentra Nausícaa, hija del rey Alcínoo y de Arete. La acogida de los feacios ofrece uno de los modelos positivos de hospitalidad del poema: atienden al extranjero antes de exigirle que demuestre quién es. Durante un banquete, el aedo Demódoco canta episodios de Troya. Ulises llora al escuchar la historia en la que él mismo participó. Alcínoo observa el dolor y le pregunta por su identidad.

Sólo entonces Ulises dice su nombre y cuenta lo ocurrido desde la salida de Troya. Los viajes más célebres de La Odisea son, por tanto, una narración retrospectiva realizada por su protagonista. Homero no nos entrega una cámara neutral que haya acompañado al héroe. Nos hace escuchar al mejor narrador de la obra contando sus propias hazañas ante una audiencia de la que depende su regreso.

De los cicones a la isla de Circe

Tras dejar Troya, Ulises y sus hombres saquean la ciudad de los cicones. En vez de retirarse a tiempo, prolongan el ataque y sufren numerosas bajas. La aventura comienza con una victoria mal administrada: salir vencedor no garantiza saber cuándo detenerse.

Después llegan al país de los lotófagos. Quienes prueban el loto pierden el deseo de volver. El peligro no adopta aquí la forma de una bestia, sino la de un olvido agradable. Ulises obliga a sus compañeros a regresar a las naves porque el hogar sólo puede buscarse mientras se lo recuerda.

En la isla de los cíclopes entran en la cueva de Polifemo, hijo de Poseidón. Ulises espera recibir los dones debidos a un huésped; Polifemo desprecia las leyes de la hospitalidad y devora a varios hombres. El héroe lo emborracha, le dice que se llama «Nadie» y lo ciega con una estaca. Cuando los demás cíclopes preguntan quién lo ataca, Polifemo responde que nadie, y sus vecinos se marchan.

La inteligencia salva al grupo, pero el orgullo vuelve a ponerlo en peligro. Ya lejos de la costa, Ulises revela su verdadero nombre para que el cíclope sepa quién lo ha vencido. Polifemo pide a Poseidón que castigue al agresor. La gloria exige un nombre; la supervivencia habría aconsejado conservar el anonimato. En esa tensión cabe buena parte del personaje.

Polifemo arroja una roca contra la nave en la que huye Ulises

Arnold Böcklin, Ulises y Polifemo, 1896. Polifemo lanza una roca mientras el héroe se aleja después de haber revelado su nombre. Obra de dominio público conservada en el Museum of Fine Arts de Boston; imagen disponible en Wikimedia Commons.

Eolo entrega a Ulises un odre que encierra los vientos adversos. Cuando Ítaca ya está a la vista, sus compañeros lo abren creyendo que oculta un tesoro y la tempestad los devuelve al mar. Los lestrigones destruyen después todas las naves salvo la de Ulises. El grupo llega finalmente a la isla de Circe, que convierte a varios hombres en cerdos. Con la ayuda de Hermes, Ulises resiste el hechizo, obliga a la diosa a devolverles su forma y permanece con ella durante un año.

Circe indica que, antes de continuar, debe descender al mundo de los muertos y consultar al adivino Tiresias. Allí Ulises habla con la sombra de su madre, Anticlea, cuya muerte desconocía, y encuentra a héroes de Troya. Aquiles, Agamenón y Áyax muestran que la gloria contemplada desde la muerte no posee la sencillez que prometía en el campo de batalla.

Las sirenas, Escila y las vacas del Sol

De regreso en el mundo de los vivos, Ulises debe pasar junto a las sirenas. Circe le ha advertido que su canto atrae a los navegantes hacia la muerte. El héroe tapa con cera los oídos de sus compañeros y ordena que lo aten al mástil. Él quiere escuchar sin poder obedecer. La escena es más interesante que una victoria de la voluntad: Ulises desconfía de su voluntad futura y dispone de antemano los límites que necesitará.

Ulises atado al mástil mientras las sirenas rodean la nave

John William Waterhouse, Ulises y las sirenas, 1891. El pintor representa a las sirenas con cuerpo de ave, de acuerdo con una tradición iconográfica antigua. Imagen de dominio público disponible en Wikimedia Commons.

Después llega el paso entre Escila y Caribdis. Evitar por completo el daño no es posible: acercarse a un peligro significa exponerse al otro. Ulises acepta perder a algunos hombres para salvar la nave. La decisión pertenece al tipo de situaciones que la épica presenta sin ofrecer al lector la tranquilidad de una solución limpia.

En la isla del Sol, sus compañeros desobedecen la prohibición de tocar el ganado sagrado de Helios. El hambre y la desesperación vencen. Zeus destruye la nave como castigo y sólo Ulises sobrevive. Tras otro paso por Caribdis, llega a la isla de Calipso. Allí permanecerá siete años, hasta el punto en el que el poema lo había presentado por primera vez.

El regreso oculto a Ítaca

Los feacios llevan finalmente a Ulises dormido hasta Ítaca y depositan junto a él los regalos recibidos. Al despertar no reconoce su propia tierra. Atenea la ha cubierto de niebla y después lo transforma en un mendigo anciano. El regreso comienza bajo una paradoja: Ulises está en casa, pero todavía no puede mostrarse como quien es.

Se refugia con Eumeo, el porquerizo que ha permanecido fiel, y se reúne con Telémaco. Padre e hijo preparan la acción contra los pretendientes. Durante su entrada en palacio, el viejo perro Argos lo reconoce y muere después de verlo. La escena apenas necesita palabras: el animal identifica bajo los harapos al amo que los seres humanos todavía no pueden o no deben reconocer.

La nodriza Euriclea descubre después una cicatriz de Ulises mientras le lava los pies. También aquí la identidad no depende de una proclamación, sino de una marca corporal y de una memoria compartida. Ulises le impone silencio. Cada reconocimiento debe producirse en el momento adecuado.

El arco, los pretendientes y Penélope

Penélope anuncia una prueba: se casará con quien consiga tensar el arco de Ulises y hacer pasar una flecha por doce hachas. Los pretendientes fracasan. El mendigo pide intentarlo, domina el arma y revela su identidad. Con Telémaco y unos pocos servidores fieles, mata a los hombres que han ocupado su casa.

La victoria restablece la autoridad del rey, pero la escena no permite una lectura confortable. Los pretendientes han vulnerado la hospitalidad, consumido los bienes de la casa y planeado la muerte de Telémaco. Al mismo tiempo, la respuesta es una matanza y se extiende a quienes colaboraron con ellos. La justicia homérica no coincide sin más con la sensibilidad jurídica contemporánea. Comprender el poema exige resistir la tentación de absolverlo o condenarlo en dos frases.

Penélope tampoco acepta inmediatamente que el vencedor sea su marido. Lo pone a prueba ordenando que saquen del dormitorio el lecho matrimonial. Ulises se indigna: él mismo lo construyó alrededor del tronco vivo de un olivo, de modo que no puede trasladarse sin destruirlo. Ese conocimiento convence a Penélope.

El signo definitivo del regreso no es el arco con el que Ulises mata, sino la cama que construyó. El guerrero demuestra su fuerza ante los pretendientes; el esposo demuestra su identidad al recordar una obra compartida y arraigada en la casa. Después de tantas islas, el poema termina haciendo depender el reconocimiento de algo que nunca viajó.

Penélope teje mientras los pretendientes intentan llamar su atención

John William Waterhouse, Penélope y los pretendientes, 1912. Penélope trabaja ante el telar mientras los pretendientes se acumulan al otro lado. Imagen de dominio público disponible en Wikimedia Commons.

El canto XXIV prolonga el desenlace. Ulises se da a conocer a Laertes, su padre, y los familiares de los pretendientes buscan venganza. La violencia amenaza con reproducirse indefinidamente hasta que Atenea, siguiendo la voluntad de Zeus, impone la paz. Volver a casa no basta: hay que impedir que la casa restaurada se convierta en el comienzo de otra guerra.

Personajes principales de La Odisea

Ulises: el hombre de muchas formas

El primer verso presenta a Ulises como un hombre polýtropos, palabra que admite matices como «de muchos giros», «de muchos recursos» o «de muchas formas». No es sólo inteligente. Puede adaptar su conducta y su discurso a circunstancias cambiantes. Habla como náufrago ante Nausícaa, como huésped ante los feacios, como mendigo en Ítaca y como rey cuando llega el momento de actuar.

Esa versatilidad es su mayor capacidad y uno de sus problemas. Ulises puede ocultar el nombre que lo pone en peligro, pero no siempre soporta que su hazaña quede sin autor. Puede inventar historias para protegerse y contar sus padecimientos para recuperar prestigio. La obra admira su inteligencia sin convertirla en inocencia.

Penélope: la inteligencia que permanece

Penélope no viaja, aunque vive su propia forma de incertidumbre. El telar le permite administrar el tiempo, aplazar una decisión impuesta y conservar abierta la posibilidad del regreso. Su prudencia se parece a la de Ulises: ambos sobreviven diciendo sólo una parte de lo que saben y observando antes de revelarse.

La prueba del lecho muestra que Penélope no es el premio que aguarda al final de la aventura. Es la persona capaz de verificar quién ha vuelto. Ulises puede engañar a monstruos, reyes y pretendientes; para ser reconocido por ella necesita responder a una memoria que pertenece a los dos.

Telémaco: aprender a ser hijo sin seguir siendo niño

Telémaco comienza atrapado entre un padre ausente y unos hombres que han ocupado su casa. Su viaje a Pilos y Esparta no le entrega a Ulises, pero le proporciona relatos sobre él y una posición desde la que actuar. Cuando ambos se reúnen, el hijo ya puede participar en la recuperación del palacio.

Su crecimiento no consiste simplemente en imitar al padre. Debe asumir una herencia que conoce sobre todo mediante historias. Antes de convivir con Ulises, ha convivido con su fama.

Atenea y Poseidón

Atenea protege a Ulises porque reconoce en él una inteligencia afín a la suya. Lo orienta, disfraza y ayuda a calcular el momento de mostrarse. No elimina cada obstáculo: con frecuencia crea las condiciones para que el héroe actúe.

Poseidón se opone al regreso después de que Ulises ciegue a Polifemo. Su hostilidad convierte el mar en un espacio de incertidumbre. La oposición entre ambas divinidades no es un simple reparto entre una diosa buena y un dios malo. Expresa que el héroe vive en un mundo donde sus acciones alcanzan relaciones y poderes que no controla.

Calipso, Circe y Nausícaa

Las tres ofrecen formas distintas de hospitalidad y de interrupción del viaje. Calipso retiene a Ulises y le propone una existencia fuera del tiempo humano. Circe comienza como amenaza, se convierte en amante y termina orientándolo. Nausícaa lo ayuda a regresar al mundo social cuando aparece desnudo, agotado y sin nombre.

Reducirlas a «mujeres que tientan al héroe» empobrece el poema. Cada encuentro obliga a Ulises a decidir qué vida desea y qué identidad debe adoptar para continuar.

Polifemo y los pretendientes

Polifemo niega la hospitalidad desde fuera de la vida civilizada. Los pretendientes la corrompen desde dentro: entran en una casa ajena como huéspedes y actúan como propietarios. Ambos extremos ayudan a comprender que recibir al extranjero no es una costumbre decorativa. Es una prueba del orden humano.

Qué significa el viaje de Ulises

El regreso: alcanzar Ítaca no es suficiente

La palabra griega nóstos significa regreso al hogar, pero en la tradición épica puede designar también el relato de ese regreso. Ulises no sólo vuelve: consigue que sus sufrimientos formen una historia y que esa historia le devuelva un lugar entre los vivos. Llegar a Ítaca dormido, irreconocible y sin tripulación todavía no completa el viaje.

Necesita reintegrarse como padre, esposo, hijo y rey. Cada vínculo exige un reconocimiento diferente: Telémaco acepta una revelación, Euriclea lee una cicatriz, Argos percibe una presencia, Laertes recuerda los árboles que entregó a su hijo y Penélope pregunta por el lecho. La identidad no queda encerrada en la conciencia individual. También existe en lo que otros pueden reconocer de nosotros.

La astucia: inteligencia frente a fuerza

La mêtis de Ulises es una inteligencia práctica, indirecta y capaz de esperar. Ante Polifemo, la fuerza humana no puede mover la piedra que cierra la cueva ni vencer al cíclope de frente. La salida exige vino, un nombre falso, una estaca y el escondite bajo los carneros. El héroe triunfa porque transforma los elementos de la situación.

Pero la astucia no lo salva de sí mismo cuando desea reconocimiento. Después de escapar, pronuncia su nombre y permite que Polifemo lo maldiga. Homero no enfrenta simplemente inteligencia y estupidez. Muestra a un hombre inteligente cuya necesidad de gloria puede deshacer el trabajo de su inteligencia.

La hospitalidad: cómo tratamos a quien no conocemos

La xenía, hospitalidad entre huésped y anfitrión, organiza numerosos episodios. Los feacios alimentan al desconocido antes de interrogarlo. Eumeo acoge al mendigo sin saber que es su rey. Polifemo devora a sus visitantes. Los pretendientes consumen los bienes de la casa que debería albergarlos provisionalmente.

El extranjero llega sin las garantías habituales: puede mentir sobre su origen, traer peligro o necesitar ayuda. Precisamente por eso la forma de recibirlo revela qué clase de comunidad encuentra. La Odisea juzga a sus personajes en la mesa y en el umbral tanto como en el combate.

El nombre, el disfraz y el reconocimiento

Ante Polifemo, Ulises sobrevive llamándose Nadie. En Ítaca, sobrevive pareciendo un mendigo. Ocultar la identidad no significa perderla; puede ser la única manera de protegerla hasta que llegue el momento de reclamarla. Sin embargo, un nombre oculto para siempre tampoco concede gloria ni permite recuperar una casa.

El poema combina dos necesidades contrarias: saber callar quién se es y encontrar a alguien ante quien poder decirlo. Quizá por eso el encuentro con Penélope resulta más decisivo que cualquiera de las proclamaciones heroicas. Ser reconocido por todos puede producir fama. Ser reconocido por la persona adecuada devuelve un hogar.

Memoria, relato y deseo de eternidad

En el mundo homérico, la muerte no se combate sólo conservando el cuerpo. También se combate mediante el kléos, la gloria que circula en el canto y mantiene un nombre en la memoria colectiva. Los héroes van a Troya sabiendo que la guerra puede destruirlos, pero también que ofrece la posibilidad de ser recordados.

Ulises participa plenamente de ese horizonte. Llora cuando Demódoco canta Troya, pero también cuenta sus propias hazañas con extraordinaria eficacia. Quiere regresar, aunque no desea regresar como un hombre anónimo. Su nóstos acabará siendo su propia forma de gloria: seguimos pronunciando su nombre porque logró volver y porque su vuelta se convirtió en poema.

Penélope y el tiempo de la espera

El viaje produce episodios visibles; la espera parece no producir nada. Penélope desmiente esa apariencia. Tejer y destejer es una acción política: impide que los pretendientes clausuren el pasado y decidan el futuro de Ítaca. La repetición cotidiana conserva un espacio para lo improbable.

Ulises domina el espacio mediante el desplazamiento y el relato. Penélope domina el tiempo mediante la demora y la prueba. La obra necesita ambas inteligencias para que el regreso sea posible.

Justicia y violencia al final del poema

Es fácil describir la muerte de los pretendientes como restauración del orden. También es insuficiente. Homero ha mostrado sus abusos y su intención de matar a Telémaco, pero presenta después una violencia cuya consecuencia inmediata es una nueva cadena de venganza. La intervención final de Atenea resulta necesaria porque la fuerza de Ulises puede recuperar el palacio, pero no fundar por sí sola la paz.

El desenlace obliga a distinguir victoria y reconciliación. Son cosas diferentes. La primera derrota al enemigo; la segunda evita que cada derrota fabrique al siguiente.

La Odisea de Christopher Nolan y el héroe homérico

La adaptación de Christopher Nolan ha devuelto una atención masiva al poema. Eso ya es una buena razón para conversar sobre La Odisea, siempre que no confundamos el prestigio visual de una película con la fidelidad a la lógica de la obra que adapta. Una adaptación tiene derecho a escoger, condensar e interpretar. El espectador conserva el mismo derecho a preguntar qué se ha perdido en esas decisiones.

Cuando vi la película, reconocí los episodios, pero apenas reconocí al héroe homérico. Tampoco encontré la aridez griega en toda su crudeza: ese mundo de piedra, sal, hambre, ganado, banquetes y costas donde acoger a un desconocido puede separar la civilización de la barbarie. La escala cinematográfica ofrece grandeza; no siempre ofrece esa aspereza material que sostiene el poema.

La ausencia principal, sin embargo, es la gran astucia de Odiseo. El héroe de Homero no destaca sólo porque resista golpes o atraviese escenarios extraordinarios. Destaca porque observa, calcula, aplaza, engaña, narra y cambia de forma social según la situación. Incluso sus errores nacen a menudo de una inteligencia que no consigue dominar su deseo de gloria. Si esa mêtis se debilita, Ulises se aproxima a un protagonista contemporáneo de aventuras y se aleja del hombre «de muchos giros» que abre el poema.

La conversación final con Penélope acentúa la distancia. La película parece conducir a Ulises hacia una petición de perdón por lo ocurrido en la guerra. Es una decisión comprensible desde nuestra sensibilidad, pero no es la gramática moral del héroe homérico. Los guerreros de la epopeya acuden a Troya en busca de honor y de kléos: una memoria que sobreviva a su muerte. Pueden llorar, temer, dudar y descubrir el precio de la guerra; no por ello interpretan retrospectivamente su condición heroica como si comparecieran ante un tribunal moral del siglo XXI.

Esto no obliga a preferir una versión por decreto. Permite ver qué hace cada una. Nolan acerca el personaje a nuestras categorías de culpa y reparación. Homero conserva una distancia más difícil: nos pide comprender a un hombre formado por un mundo heroico que no coincide con el nuestro. Adaptarlo no consiste únicamente en vestir a un personaje moderno con una armadura antigua.

Por qué seguimos leyendo La Odisea

Seguimos leyendo La Odisea porque casi nadie vuelve exactamente al lugar del que salió. Cambian la casa, quienes permanecieron y la mirada del viajero. El poema convierte esa experiencia en una arquitectura de naufragios, relatos, disfraces y reconocimientos.

También la leemos porque no simplifica a su héroe. Ulises es admirable sin ser ejemplar en todo; Penélope es fiel sin ser pasiva; Telémaco crece sin dejar de necesitar una historia anterior a él. Los dioses ayudan y obstaculizan, los anfitriones civilizan o devoran, y la justicia puede parecerse peligrosamente a la venganza.

Quien sólo recuerde el cíclope, las sirenas y la hechicera recordará escenas magníficas. Quien siga el hilo del regreso descubrirá algo más: Ulises sobrevive muchas veces convirtiéndose en otro, pero sólo termina el viaje cuando encuentra a quienes saben reconocerlo. Ítaca no es simplemente el punto final de una ruta. Es el lugar donde un nombre vuelve a significar una relación.

Fuentes y lecturas